Los cuatro bodegones pintados en noviembre se basan en el mismo esquema de objetos de Tremblay sur Mauldre: una vela encendida, una paleta sobre un libro abierto y un busto de Minotauro o una cabeza de toro. Testigos de la actualidad, las obras van evolucionando con el paso del tiempo. La primera de la serie, Paleta, vela y cabeza de Minotauro, pintada el 4 de noviembre de 1938 [Z. IX, 235, Kyoto, National Museum of Modern Art] también es la más viva y la más saturada: la vela encendida intensifica la sombra sobre la cabeza del Minotauro y le confiere una cara doble, de frente y de perfil a la vez. Además, el centelleo de la llama construye el fondo de la composición, con pequeñas líneas rectas blancas, amarillas y naranjas. La composición es compleja y traduce las ambivalencias del artista: a las líneas rectas y a los ángulos marcados de la vela, de la mesa y del zócalo del busto se contraponen las curvas de la palmatoria, de la paleta y de la cara. El Minotauro sintetiza esta contradicción con su perfil azul en ángulo, y redondo y blanco en mitad de la cara. Josep Palau i Fabre ve aquí el problema de la España dividida en dos: el perfil anguloso azul, decidido, que mira a la derecha como símbolo del franquismo mientras que el otro lado, más suave y redondeado, podría representar al pueblo de la República. En el segundo lienzo de la serie, Toro negro, libro, paleta y candelero [Menard Art Museum, Aichi, Japón, Z. IX, 240], pintado el 19 de noviembre de 1938, el artista ha sustituido al Minotauro por una cabeza de toro que no parece pegada al zócalo cubista colocado en la mesa, sino que surge literalmente del segundo plano. La cabeza de toro totalmente negra, cual reaparición del toro del Guernica, dramatiza un poco más la escena. La semana siguiente, Picasso realizó el Bodegón con cabeza de toro roja, el 26 de noviembre de 1938 [Z. IX, 239, Arkansas Arte Center, Little Rock, EE. UU.]. El animal, pintado con un rojo anaranjado muy saturado, resalta aún más sobre un fondo azul grisáceo despojado de todo elemento decorativo. La escultura ha sido sustituida por el toro, pegado al zócalo con una barra de hierro negra, que parece recién empalado. La mirada de la bestia expresa tanto temor como una violencia extrema, y traduce el desasosiego del artista frente a la amenaza hitleriana. Palau i Fabre reconoce en el toro rojo una alusión al Terror rojo, como se conocía a los actos de violencia de los activistas republicanos, mientras que el Terror blanco designaba a los cometidos por los franquistas. La última composición en color del 27 de noviembre de 1938, Busto de Minotauro [Coll.particular], es más austera. Claramente, la cabeza de toro se ha transformado en un rostro humano para volver a ser un Minotauro. Aunque conserva las tonalidades de carne ensangrentada, su expresión —boca cerrada y mirada extraviada— es mucho más tranquila que la de la composición anterior y más suave que la primera composición de la serie. La escena tiene lugar en un interior, con el marco blanco colgado de la pared. Es evidente que el Minotauro presenta los rasgos del artista. Como explica Marie-Laure Bernadac en un ensayo sobre la Minotauromachie, 1935 , «la dualidad física del Minotauro es el álter ego por excelencia del pintor, su doble. Encarna la oposición entre la sombra y la luz, el bien y el mal, lo salvaje y lo humano».