Prévert observaba a Picasso y daba cuenta con sus palabras de su espontaneidad, de su capacidad de elaborar y fabricar obras a partir de cualquier cosa: un objeto, un trozo de tela, un pedazo de papel o un simple clavo. Su sorpresa se refleja en sus poemas, particularmente en Paroles, publicado en 1946. Ya sea en sus guiones de cine como en sus escritos, el realismo poético de Prévert concuerda con el gesto artístico de Picasso. Ambos tendían a admirar la belleza del mundo, aun siendo conscientes del cinismo de los hombres. Prévert escribía obras en las que mezclaba lo íntimo, la política y la poesía y denunciaba los espejismos de la sociedad. Las palabras del uno y las posturas del otro convergen. Su intensa actividad así como su compromiso estético y político no podía sino reforzar una amistad forjada en el curso de los años. Por supuesto, también les unía su feroz apego a la libertad de pensamiento.
Cada cual a su manera, ambos traducen, mediante su capacidad de observación y su penetrante mirada voluntariamente maliciosa, su visión de un mundo lleno de gracia aunque a veces cruel e injusto. Lo evocan de un modo entre humorístico, despreciativo y trágico. En este sentido, Prévert destacó en la escritura cinematográfica, trabajando en un desorden feliz sus «grifouillis»[1] (en expresión de Aragon), y firmó varias obras maestras, sobre todo con Marcel Carné. El cine era muy importante para Prévert, que apreciaba especialmente ese ambiente de trabajo colectivo, contrariamente a Picasso, que prefería trabajar solo.
Sin melancolía, pintor y poeta eran serenamente conscientes de su deber de transmitir mediante el habla, las palabras, la pintura o la imagen lo que la vida les había enseñado. Fue esta simbiosis la que les permitió colaborar. Ambos abogaban por el reconocimiento de las culturas populares, que sentían cercanas. Compartían también ese placer de captar la instantánea de la vida cotidiana, el lenguaje de lo maravilloso, los defectos de sus contemporáneos así como los placeres cotidianos. Una pipa, un cigarrillo, una hoja de revista, un vaso de vino, una cacerola, ya está dicho todo. Mucho antes que Prévert, desde 1912, Picasso había abierto un campo de experimentación que se ajustaba a sus habilidades manuales. Sus «papiers collés» permitían toda suerte de variaciones sobre los temas surgidos de su imaginación. Con los assemblages, los cuadros en relieve y las confrontaciones con el espacio, sus creaciones se volvieron más complejas.
El artista amplió sus composiciones integrando en ellas elementos cotidianos, de la vida diaria, y más tarde cualquier cosa de su entorno. Con dibujos realzados con recortes de periódicos o muestras de tapicería fijadas con alfileres, combinaciones de objetos acabados y papeles pintados, y unos trazos de tiza o de carboncillo, el pintor reformulaba brillantemente la realidad. Prévert, hombre apasionado, se expresa en sus collages como con las palabras de su poesía. Utilizaba ideas y máximas extravagantes con una locuacidad directa y generosa. «Jacques Prévert ataca todo lo que detesta: la guerra, la miseria, a los burgueses, y canta a lo que ama: el amor libre, la infancia, la sencilla alegría de vivir».[2] Para él, los diferentes medios de expresión surgían de un mismo método: el arte del montaje.