Entre el 8 de mayo y el 16 de septiembre de 2019, el Centre Pompidou presentó una exposición titulada “Prehistoria. Un enigma moderno” que intentaba hacer balance de un tema poco explorado hasta la fecha: la fructífera relación entre prehistoria y arte moderno y contemporáneo.
Una de las etapas clave de esta relación fue el descubrimiento de Lascaux en septiembre de 1940, que dejó una profunda huella entre intelectuales y artistas, empezando por Georges Bataille, quien recogía un comentario de Picasso: “desde entonces nunca hemos hecho nada mejor” (Georges Bataille, La Peinture préhistorique, 1955, citado por Silvia Loreti en el catálogo de la exposición). Picasso formaba parte de una vasta corriente de artistas de las vanguardias –desde Giorgio de Chirico hasta Max Ernst o desde Joan Miró hasta André Masson– que se volvieron hacia la prehistoria, poco explorada hasta entonces por las obras plásticas y sorprendentemente descuidada hasta principios del siglo XX por la incipiente historia del arte. Los artistas buscaban en ella tanto una alternativa a la estéril imitación de la naturaleza como una herramienta para luchar contra la manera tradicional de contar la Historia.
Así, sobre los orígenes de la escultura, Picasso señalaba: “Si el hombre llegó a expresar imágenes es porque las descubría a su alrededor, casi formadas ya, al alcance de su mano. Las veía en un hueso, en el relieve de una caverna, en un trozo de madera… Una forma le sugería la mujer, la otra un bisonte” (Brassaï, 20 de Octubre de 1943, Conversations avec Picasso, Paris, Gallimard, 1997, p.113; publicado en español como Conversaciones con Picasso, Madrid, Ediciones Turner, 2002).
También le atrae el misterio de estas creaciones que parecen remitir a las suyas: “¿Qué se conserva en la tierra? La piedra, el bronce, el marfil, el hueso, a veces la cerámica... Nunca objetos en madera, nada de telas, pieles... Lo cual confunde completamente nuestras ideas sobre los primeros hombres. No creo equivocarme al afirmar que los más bellos objetos de la Edad de Piedra eran de piel, de tela y sobre todo de madera. La Edad de Piedra debería llamarse la Edad de Madera”, le dice a Brassaï, con su habitual sentido de la paradoja.
Sabemos también que Pablo Picasso le enseñó al menos a dos de sus visitas (Malraux y Brassaï) una vitrina que, entre otros objetos, contenía dos reproducciones de la célebre Venus de Lespugue (descubierta el 9 de agosto de 1922 en la cueva de Rideaux, situada en las gargantas del Save, en Lespugue). Una estaba desportillada como la figurilla original; la otra, restaurada y reconstruida. Ambos objetos debieron de entrar en su colección hacia finales de los años veinte. Como subraya Silvia Loreti, “la aparición de referencias visuales a la prehistoria en su obra es indisociable del surrealismo”. La exposición del Centre Pompidou aprecia esta influencia en las obras de principios de los años treinta, como el Busto de mujer, Boisgeloup, 1931 o en el yeso grabado del Minotauro herido, realizado también en Boisgeloup en 1933-1934.
“Prehistoria, un enigma moderno”. Centre Pompidou, París, del 8 de mayo al 16 de septiembre de 2019.