Tras su estancia en Gósol durante el verano de 1906, Picasso estuvo buscando una nueva forma de representación de la figura humana de la que Les Demoiselles d’Avignon fue la plasmación. Fue entonces cuando la escultura íbera y el arte africano se impusieron con fuerza como elementos de una figuración híbrida.
Alternativamente cubista, clásico, surrealista, comprometido o cercano a la abstracción sin llegar a caer nunca en ella, Picasso ofrecía nuevas posibilidades expresivas a la figuración mediante la deformación, la fragmentación y la multiplicación de puntos de vista sobre el objeto y las escalas.
Al alejarse de las reglas de la figuración académica, los artistas modernos árabes percibieron que las deformaciones cubistas compartían afinidades con la configuración alterada del arte islámico en el que el artista tenía que desmarcarse claramente de la creación divina.
Guillaume Apollinaire fue el primero, ya en 1905, en subrayar poéticamente los posibles vínculos existentes entre Picasso y el Oriente árabe: «Su tenacidad en la búsqueda de la belleza le ha llevado a explorar distintos caminos. Se ha considerado a sí mismo moralmente más latino, rítmicamente más árabe». En 1938, será Gertrude Stein (1874-1946), para la que «Picasso se asimila completamente al Oriente sin imitarlo», quien insistirá en la gran familiaridad de su obra con la caligrafía que en Oriente está íntimamente ligada a la pintura y a la escultura. Los dibujos y grabados de un solo trazo, tan frecuentes en Picasso, revelan un profundo dominio del gesto caligráfico y del arabesco. Picasso estaba inmerso en el universo de sus amigos escritores, desde Max Jacob hasta Paul Eluard, y él mismo escribió cientos de poemas. Sus borradores ponen de manifiesto que para él la escritura era una forma de grafismo. No se equivocaba Le Corbusier cuando, en su manifiesto purista Après le cubisme [Después del cubismo], escrito en 1918 junto a Amédée Ozenfant, al tratar de superar dicho movimiento le reprochara el ser un arte del arabesco y, por tanto, ¡demasiado oriental y nada moderno!
A comienzos del siglo XX se celebraron dos grandes exposiciones dedicadas al arte islámico: una en 1903, en el Pabellón de Marsan del Louvre, y otra en 1910, en Múnich, «Obras maestras del arte mahometano». Aunque, muy probablemente, Picasso no llegara a verlas –a diferencia de Matisse– como tampoco realizó grandes viajes, se fijó muy pronto en Ingres y Delacroix, como lo demuestran su Harem de 1907, sus Demoiselles d’Avignon, su Jacqueline en costume turc y sobre todo la serie dedicada a las Femmes d’Alger de Delacroix. Sin renunciar a ningún exotismo, entre diciembre de 1954 y febrero de 1955, inmediatamente después del estallido de la guerra de Argelia, Picasso realizó quince lienzos sobre el tema y una serie de litografías precedidas de unos setenta dibujos. Esta serie apareció también tras el reciente fallecimiento de Matisse, de quien Picasso diría: «Me ha legado en herencia sus odaliscas». Pero curiosamente, la vinculación en la mente de los árabes modernos de la figura de Picasso al ámbito arábigo-andaluz se produjo por la mediación de un francés, Eustache de Lorey (1875-1953), director, en la década de 1920, del Instituto francés de arqueología y artes islámicas de Damasco.