Muy culto, curioso, agudo observador, seguro de sus gustos, aunque con un absoluto desconocimiento del mundo del arte, emprendió su carrera con la despreocupación de la juventud y el apoyo de su familia a esta singular aventura tan alejada de la tradición patriarcal. En 1907 abrió una galería en un minúsculo local situado en el 28 de la rue Vignon, en el VIII distrito de la capital. Su nombre ha quedado indeleblemente asociado al cubismo, por su contribución a darlo a conocer. Fue también el único marchante de su generación que consiguió asociar su nombre de manera irreversible a ese momento decisivo del arte moderno.[1]
Desde su llegada a París, Kahnweiler se interesó por la nueva generación de artistas asistiendo al Salon des Indépendants, donde compró o se fijó en la obra de Derain, Vlaminck y Braque. El primer encuentro con Picasso tuvo lugar aquel mismo año. El pintor había ido un par de veces a ver qué ofrecía aquel nuevo galerista, una vez solo y otra con Ambroise Vollard, pero sin presentarse. No fue hasta que Kahnweiler fue a visitar el estudio del Bateau-lavoir cuando realmente se conocieron. El descubrimiento de Les Demoiselles d’Avignon, cuadro en el que el pintor estaba trabajando en ese momento, supuso para el joven galerista alemán, conmocionado por la visión de aquella tela sin paragón, una revelación artística que marcaría de manera permanente sus elecciones y compromisos. No sería hasta tres años más tarde que este encuentro desembocaría en una relación profesional, ya que por entonces todavía era Ambroise Vollard quien ejercía de marchante del joven Picasso. En 1910 este realizó el retrato de Kahnweiler, lo que revela ya la existencia de una cierta intimidad entre ambos.
La galería se convirtió en lugar de encuentro de la nueva generación de poetas y artistas y, en general, de todos los partidarios de la nueva pintura[2].
Kahnweiler intuía que en el acto creativo de estos jóvenes artistas se estaba produciendo algo nuevo. Era consciente de estar asistiendo en persona a una «revolución pictórica», ese cubismo que estaban forjando Braque, Fernand Léger y Juan Gris. La deconstrucción en formas geométricas del espacio, los objetos y los cuerpos les permitía liberarse de la realidad y de la perspectiva. Según André Salmon, fue a partir de 1906 cuando Picasso comenzó a explorar otras formas de expresión que le llevarían hacia lo que entonces se dio en llamar «el cubismo»: ruptura con la semejanza, descomposición y recomposición de formas, fragmentación de volúmenes y trazos discontinuos, antes de lo que Pierre Daix describió como «la invención de las arquitecturas estructurales. Su cubismo así definido pasó a incluir sus collages, sus ensamblajes, su transmutación en cubismo sintético y la reconquista del retrato a partir de 1914».[3] Respecto a Picasso, «su» cubismo es sobre todo el resultado de las investigaciones emprendidas junto a Georges Braque, que le llevarán a reformular su expresión artística. Para Kahnweiler, «el cubismo de Picasso es de hecho esa pintura lírica [que] es la expresión de la vida espiritual de nuestra época»[4]. Braque y Picasso emprendieron en el verano de 1908 una estrecha colaboración fruto de trayectorias paralelas en torno a búsquedas comunes y cuestionamientos similares. Su complicidad fusional y sus intercambios de ideas y experiencias no cesarán hasta que la guerra los separe. Se veían a diario o se reunían cuando estaban en el sur de Francia para contrastar y debatir sus disquisiciones, el trabajo realizado y sus dudas respectivas.
[1] Pierre Assouline, L’Homme de l’art. D.-H. Kahnweiler 1884-1979, Éditions Balland, 1988 ; colección Folio, Éditions Gallimard, 1990
[2] Véase el artículo sobre Daniel-Henry Kahnweiler páginas 20-23, aparecido en el número especial publicado en 2020 de Cahiers du musée national d’Art moderne.
[3] Pierre Daix, Diccionnaire Picasso, entrada «cubisme» página 226, Éditions Robert Laffont, 1995.
[4] Kahnweiler, Weg zum Kubismus, escrito en 1914, citado por Pierre Daix, op.cit. página 228.