Nada predisponía a Daniel-Henry Kahnweiler a convertirse en uno de los marchantes de arte más emblemáticos del siglo XX, a no ser su vasta cultura y su interés precoz por la pintura. Nacido en el seno de una acomodada familia alemana, fue esa riqueza familiar la que le permitió, gracias a una asignación, probar suerte como galerista de vanguardia en París durante un año.