Picasso, que había oído hablar de Rivera y seguramente había visto algunas de sus obras, tal vez en casa de Berthe Weill que por entonces estaba preparando una exposición de su trabajo, deseaba conocerlo. Se conocen las circunstancias de ese encuentro por el relato de Rivera que aparece en muchas de sus biografías, si bien con variantes. Es un relato que hay que tomar con cautela, ya que a Rivera le gustaba embellecer las cosas y sobre todo transformarlas a su favor. ¡Y no era el único!
En su autobiografía fechada en 1960 cuenta lo siguiente: «El más grande de los cubistas y mi ídolo de entonces (1914) era Pablo Picasso. Yo estaba deseando conocer a este español ya famoso, pero mi timidez me impedía acercarme a él directamente. Sin embargo, de algún modo Picasso se enteró de mis sentimientos respecto a él y un día me envió un mensaje a través de un amigo común.
Este amigo, el talentoso pintor chileno Ortiz de Zárate, vino a casa muy de mañana. "Me envía Picasso para decirte que si no vas tú a verle, será él el que venga a verte a ti".
Acepté la invitación complacido y agradecido e inmediatamente, en compañía de Zárate y de mis dos amigos los pintores japoneses Fujita y Kawashima, que posaban para una pintura que estaba haciendo , nos fuimos a casa de Picasso…
Yo estaba entusiasmado de ir al estudio de Picasso. Mis sentimiento eran como los de uno de esos cristianos devotos que esperan encontrarse con Nuestro Señor Jesucristo.
El encuentro resultó maravilloso. El estudio de Picasso estaba lleno de sus apasionantes telas; así reunidas, provocaban un impacto más poderoso que cuando eran presentadas por los galeristas como obras singulares. Eran como las partes vivas de un mundo orgánico creado por el propio Picasso.
Respecto al hombre, sus redondos ojos negros transmitían voluntad y energía. Llevaba el pelo muy corto, negro y lustroso, como el de un forzudo de circo. Un aura luminosa parecía rodearlo. Mis amigos y yo quedamos absortos durante horas contemplando sus pinturas. Nuestro interés le gustó tanto, que nos permitió ver hasta sus más íntimos cuadernos de apuntes. Finalmente, Zárate y los japoneses se despidieron y se fueron, pero cuando dije yo de hacer lo mismo, Picasso me pidió que me quedara a almorzar con él, después de lo cual me acompañó a mi estudio.
Allí me pidió que le mostrara todo lo que había hecho de principio a fin… Después de haberle enseñado mis cuadros, nos fuimos a cenar juntos y pasamos prácticamente toda la noche charlando. Nuestro tema de conversación fue el cubismo: lo que pretendía lograr, lo que ya había conseguido y cuál era su futuro como «nueva» forma de arte.
A raíz de este encuentro, Picasso y yo nos convertimos en grandes amigos. Él traía a sus amigos a visitar mi estudio: a escritores como Guillaume Apollinaire y Max Jacob o pintores como Georges Seurat[1] y Juan Gris, entre otros. El entusiasmo de Picasso por mi trabajo causó sensación en Montparnasse. Entre mis contemporáneos, aquellos que me tenían simpatía estaban satisfechos y aquellos que no, sorprendidos y escandalizados».[2]
[1] Georges Seurat había muerto en 1891, por lo que no puede tratarse de él. Quizás fuera Georges Braque.
[2] Diego Rivera (con Gladys March), My Art, My Life, An Autobiography, New York, Dover Publications (primera édición 1960) 1991, pp. 59-60 : “The greatest of the cubists and my idol at the time (1914) was Pablo Picasso. I was eager to meet this already celebrated Spaniard, but my shyness prevented me from approaching him directly. Somehow, however, Picasso learned of my feelings toward him and one day he sent me a message through a mutual friend.