Después de su victoria, Franco convierte a España en un estado autoritario, reprime toda oposición con encarcelaciones masivas y las ejecuciones capitales siguen en vigor durante numerosos años. En 1945, tras la victoria aliada, el general se encuentra aislado y excluido del mundo democrático. Las relaciones entre los países se reanudan en los años cincuenta y España conoce, en los años sesenta y gracias especialmente al turismo, una renovación industrial. A Francia van a trabajar emigrantes económicos entre los que se cuentan quienes han abandonado su patria por motivos ideológicos.
Picasso, que declara «No, la pintura no está hecha para decorar casas, es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo»[1], presenta en 1946 El osario, obra inacabada, en la exposición colectiva «Arte y Resistencia francesa» en el Museo de Arte Moderno de París. Organizada por la asociación de Amigos de los Francotiradores y Partisanos Franceses (es decir, los combatientes comunistas de la Resistencia francesa), se celebra del 15 de febrero al 15 de marzo. Picasso añade, en el último momento y sobre el mismo tema, el cuadro Monumento a los españoles muertos por Francia (Museo Reina Sofía, Madrid, donación del Estado francés en 1990). Por el movimiento y la composición de un paisaje dominado por la desgracia, Picasso desea que no se olvide nunca a los extranjeros que contribuyeron a la victoria aliada echándose al monte para luchar contra la Alemania nazi. Le gustaría que se recordara el abandono de la República española durante la Guerra Civil, del que también culpa al Frente Popular con la firma, por iniciativa de Léon Blum, de la famosa convención de «no injerencia». Le recuerda al público el compromiso de numerosos inmigrantes españoles en la Resistencia francesa o con los ejércitos de la Francia libre. El pánico al olvido inspira su trabajo, pues teme que la memoria colectiva se pierda. Siente la urgencia de dar su testimonio para escribir definitivamente esta página de la historia en el lienzo.
El osario (cuadro pintado entre 1944 y 1946 y conservado en el Museum of Modern Art de Nueva York), confrontación entre el universo propio del artista y las imágenes de matanzas infligidas en la inmediata posguerra, muestra los horrores del fascismo que unen por su locura sanguinaria a Franco y a Hitler. El artista pone en escena el martirio de los pueblos y los crímenes de la Guerra Civil. Será el portavoz de las víctimas del fascismo y su deseo era que la obra apuntalara las labores de recuerdo de las generaciones siguientes. Para gran disgusto de Picasso, suscita la incomprensión del público. Y es que entender sus pinturas de entonces no es solo descodificar los motivos de sus cuadros, sino también las alusiones y referencias a veces enigmáticas que las sustentan y que, visiblemente, el público no percibe.
[1] Picasso a Christian Zervos, 1935.