Al producirse la Liberación, Picasso, que seguía soñando con la derrota del franquismo en España, ingresó en el PCF. En declaraciones a la revista americana New Masses, afirmó: «Entré en el partido comunista sin el menor titubeo, pues en el fondo, estaba con él desde siempre [¼]. Estos años de terrible opresión me han demostrado que debía luchar no solo por mi arte, sino por mi persona. ¡Tenía tantas ganas de regresar a mi patria! Siempre he sido un exiliado. Ahora ya no lo soy; hasta que España me pueda por fin acoger, el partido comunista me ha abierto sus brazos y aquí he encontrado a todos aquellos a los que estimo [¼] y todos esos rostros de insurrectos parisinos tan hermosos que vi durante las jornadas de agosto en las barricadas. Me encuentro de nuevo entre mis hermanos...»[1]
Picasso se convirtió así en el más destacado de los nuevos miembros de una campaña nacional de reclutamiento del PCF tras su vuelta a la legalidad. En ausencia de Maurice Thorez, que seguía en la URSS, el nuevo militante fue acogido con honores por Marcel Cachin y Jacques Duclos, en presencia de Paul Eluard, Aragon y Pierre Villon, dirigente del Front National. Todavía con la guerra sin acabar, el 5 de octubre de 1944, l’Humanité consagró la mitad de su portada a la afiliación del gran pintor al partido comunista francés.
«Promesa inaudita» de Paul Eluard. «Vivimos en tiempos en blanco y negro en los que, cuando el horror se aleja un poco, surgen por todas partes promesas inauditas que iluminan el porvenir. Contra las miserias que nuestro país ha padecido, se han levantado los mejores de entre los hombres. Joliot-Curie, Langevin, Francis Jourdain, Picasso han consagrado su vida al servicio del hombre, alineándose decididamente junto a los trabajadores y los campesinos. Hoy he visto a Pablo Picasso y a Marcel Cachin abrazándose y he comprobado la nobleza de la inteligencia y el corazón al escuchar cómo Picasso mostraba su agradecimiento al pueblo francés afiliándose a su partido más grande, el de los fusilados». El 29 de octubre, L’Humanité volvió a publicar la entrevista a Picasso de la revista americana. En vísperas del primer congreso legal del PCF desde 1937, el 23 de mayo de 1945, Picasso realizó el retrato de su secretario general, Maurice Thorez.
Se lo dijo claramente a la periodista y novelista Simone Téry (que había sido corresponsal de la guerra civil española en el bando republicano) en Les Lettres françaises del 24 de marzo de 1945, en un artículo titulado «Picasso n’est pas officier dans l’Armée française» («Picasso no es oficial del ejército francés»). «¿Qué cree usted que es un artista: un imbécil que solo tiene ojos si es pintor, oídos si es músico o una lira en todos los rincones del corazón si es poeta o, incluso, si es boxeador, solo músculos? Todo lo contrario, es también un ser político, atento constantemente a los acontecimientos desgarradores, apasionantes o agradables del mundo, en permanente adaptación desde la nada a esa imagen. ¡Cómo desinteresarse de los demás hombres y en nombre de qué ensimismada indiferencia desconectarse de unas vidas que tanto le aportan! No, la pintura no está hecha para decorar apartamentos. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo».[2]
No obstante, el fenómeno es más complejo. La imagen del enemigo se construye mediante la acusación, incluso mediante la certeza, de que este se distingue por su brutalidad y por las «atrocidades» que ha cometido. Para cada bando, la guerra es un enfrentamiento entre «civilización» y «barbarie». Esto es algo que resultó especialmente evidente en la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los protagonistas comunicaban diligentemente los sufrimientos de la población, los actos de violencia ciega o la peligrosidad del bando enemigo. Picasso, con su pintura, tomaba nota, denunciaba, interpelaba a sus contemporáneos y compartía su visión del conflicto.
Tras la realización de su homenaje a las víctimas del nazismo, Le charnier,[3] Picasso participó, el 9 de diciembre de 1945, en Toulouse, en la celebración del cincuenta cumpleaños de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, junto con su amigo Jaime Sabartés. En la exposición «Art et résistance», organizada por el PCF el febrero siguiente con obras de artistas ideológicamente próximos, aparecía Picasso, pero no con sus obras más abstractas. En 1947, el pintor se encontró en Antibes por casualidad con André Breton, quien le pidió explicaciones por su afiliación al PCF. «Mis opiniones políticas son el resultado de mi experiencia», le contestó Picasso. «Por mi parte, la amistad está por encima de las diferencias políticas». Breton sin embargo se negó a incluirlo en la Exposición Internacional del Surrealismo que preparaba durante la primavera de 1947 para la galería Maeght. Pero las obras de Picasso tampoco encajaban en la estética del realismo socialista encarnada por André Fougeron y que defendía Aragon, que por aquel entonces mantenía opiniones estéticas muy ortodoxas.