A un artista tan perspicaz lo que le impactó de este cuadro fue el misterio de las relaciones entre los personajes, que se esforzó en reinterpretar. Picasso tomó como punto de partida la versión del Louvre, aunque sin olvidar la del Musée de Montpellier. «Para Picasso, el arte transita entre dos polos, el de la inspiración exterior y el de la necesidad íntima […] pero ambos polos opuestos son imprescindibles. Remplazar el primero de ellos por Delacroix supuso asumir unos riesgos insospechados. […] En los dos primeros cuadros, Picasso solo conserva la parte derecha del de Delacroix, desnudando de paso el torso de la mujer trasunto de Jacqueline […]. La sirvienta pasa a un segundo plano. Picasso depura los ritmos, los acentúa como para perturbar la serenidad de ese lugar retirado […]. La segunda versión simplifica y abrevia la escena. La tela se mantiene en la gama de grises. La tercera, pintada quince días más tarde, trastorna el conjunto, reintroduce a una tercera mujer hierática en el centro […] e invierte a la figura durmiente, ahora totalmente desnuda, con las piernas alzadas, sobre la pequeña mesa poligonal tomada del cuadro de Montpellier»[1]. Cambia de tono en la cuarta versión con la mujer sentada en el suelo. La quinta (versión E del 16 de enero) se centra principalmente en el personaje dormido. En la versión F, del 17 de enero, «la mujer que vela tiene la cara redonda y los pechos de Françoise [Gilot]»[2]. A partir de ahí, las versiones se suceden, en un universo geométrico o más depurado, con formas gráciles y poses aéreas, con mujeres de senos pesados vigilantes, sentadas, acuclilladas o dormidas, con colores exuberantes o tonos de grises (como la versión M del 11 de febrero de 1955), versiones recargadas (versión C del 28 de diciembre de 1954) o más depuradas (versión H del 24 de enero de 1955). Se distingue el rostro de Françoise (versión O del 14 de febrero de 1955). Algunos gestos recuerdan a las Demoiselles d’Avignon (versión O). El homenaje se vuelve íntimo y muestra el universo interior de Picasso. El pintor toma prestado el tema y el estilo, revisitándolos en un contexto histórico en el que siente la necesidad de anclarse mediante la cita, pero sin instalarse jamás en una corriente establecida.
El conjunto buscaba la amplificación deslumbrante que le infunde la potencia del color y la forma. Picasso era un artista apasionado en sus exploraciones. Inventaba constantemente, quería dar vida tanto a sus temas como al espacio que los rodeaba. «Las tres series sobre Delacroix, Velázquez y Manet, que se suceden a lo largo de los años cincuenta, permitieron a Picasso abordar composiciones con numerosas figuras, tratar escenas de interior (harén, estudio) y una escena al aire libre, y sobre todo ajustar cuentas con pinturas que admiraba desde hacía mucho tiempo, obras maestras imprescindibles de la historia de la pintura. Picasso irrumpe en el espacio pictórico de los cuadros de otros»[3]. Produjo las distintas variaciones con constancia, descubriendo en cada versión variaciones posibles, apropiándose con avidez del trabajo de sus predecesores e inspirándose en él al tiempo que redistribuía los papeles y el estatus de los personajes.