Picasso fue siempre un fiel defensor de la historia del arte, homenajeando con enorme respeto y más que ningún otro la pintura del pasado y las obras de otras culturas. Su relación con el arte de otros tiempos, desde la prehistoria hasta los grandes maestros o el mundo artístico de las culturas no europeas, ponía en evidencia su talento para apropiarse, reinventar y distorsionar las referencias de un lenguaje universal. Se nutría de esta compañía artística con la clara voluntad de subvertir los valores establecidos, mediante un fecundo diálogo liberador con sus iguales desaparecidos.
Su singular posición dentro de la historia del arte del siglo XX se debe en parte a su relación con los maestros y a su deseo de entrar a formar parte del linaje de la gran pintura occidental. A caballo entre tradición y vanguardia, maestría técnica e innovación, rebelión estilística y homenaje al pasado, destrucción de códigos establecidos y vagabundeo poético, este artista iconoclasta surcó el siglo XX dejando una impronta indeleble en la historia del arte. En su planteamiento artístico se impuso el deseo de tender puentes con los maestros. Cuando el artista emprendió la serie Femmes d’Alger, los críticos malhumorados creyeron detectar una falta de estilo, acusación a la cual Picasso respondió: «Fundamentalmente, soy un pintor sin estilo. El estilo encierra al pintor en una única visión, una única técnica, una única fórmula»[1]. Su irónica respuesta revela hasta qué punto le traían sin cuidado las críticas a la hora de defender su deseo de ir más allá de la evidencia de lo legible y persistir en su búsqueda formal. Hubo quien incluso llegó a calificar su radical apuesta de «canibalismo», algo que él reivindicaba.
El artista expresaba mediante la línea y el color, símbolos de la modernidad, los acontecimientos de la vida, de lo más íntimo a la indignación ante la absurdidad del mundo y de la guerra. Trabajaba con todo, se fijaba en los demás, con su mente siempre alerta, hacía gala de una curiosidad tan precisa como insaciable por todas las innovaciones y técnicas estéticas, desde la escultura egipcia hasta los collages surrealistas. Su fascinación por los cuadros de los grandes maestros y los tesoros que contienen nunca decayó. Se apropiaba de todo lo que se ponía a su alcance traduciendo corrientes y pensamientos. Aspiraba a la absoluta libertad del gesto. Inspirándose en los orígenes del arte, produjo a su vez grandes obras. Su producción está plagada de momentos deslumbrantes y cómicos. La historia y el conocimiento de la pintura llevan su impronta, a pesar de que los críticos y los historiadores del arte se mostraron en su época bastante escépticos respecto a las «performances estilísticas» de Picasso. Para Claude Levi-Strauss «se trata de una obra que más que transmitir un mensaje original es una especie de trituración del código pictórico»[2].