Myrbor no va tan bien como esperaba Marie, a pesar de la ayuda y las compras de clientas y amigas ricas como Helena Rubinstein, o de su presencia en muestras tan prestigiosas como la Exposición Internacional de las Artes decorativas e industriales. Adepta de la corriente depurada y de modernidad de su época, transforma su boutique: a partir de entonces se centrará en la decoración de interiores, para consagrarse a partir de 1929 a la pintura y a la tapicería. Expone obras de Fernand Léger, de Jean Lurçat, de Picasso. Pero ella ya está pensando en el siguiente paso: ampliar su actividad a la tapicería contemporánea, «un arte que no hay que malgastar», que podría realizarse en los míticos talleres de Aubusson. Los comienzos no son fáciles, pues tiene que ganarse el favor de los tejedores de Aubusson, no acostumbrados en absoluto a este tipo de demanda, y también la confianza de los artistas, que desconfían de esa reproducción de su obra fuera de su control. Pero Marie está apasionada, segura de su idea, y es extremadamente exigente en cuanto a su expresión. Sus indicaciones son precisas y van acompañadas de un dibujo técnico. Ella aprecia un acabado perfecto y su rigor se encarga del resto. De esta forma logra convencer a artistas tales como Dufy, Lurçat, Rouault, Picasso, Miró, Matisse, Léger o Le Corbusier para trabajar en este proyecto. Jean Lurçat presentía, ya en la guerra de 1914, que la tapicería-reproducción de cuadros, tal y como se practicaba desde el siglo XVIII era una herejía y que había que recuperar la técnica antigua. Como no puede pagarse obreros, sus primeros intentos son bordados sencillos ejecutados en cañamazo por su madre o por él mismo. Pero esas pruebas bastaron para reducir la gama de tonos y simplificar el trabajo. Su interés manifiesto por los talleres de Aubusson fue definitivo para el renacimiento de esos últimos, que se habían quedado relegados a la reproducción de pinturas. El encuentro entre el artista y Marie Cuttoli supuso una gran oportunidad para los dos.
Marie pide cartones a sus artistas favoritos, pero los resultados son decepcionantes, pues los pintores, salvo algunas excepciones, envían cuadros y no cartones. Aunque las realizaciones todavía sean imitaciones de pinturas, la iniciativa ya ha cobrado impulso. A partir de ahora, los artistas más señalados se interesan por la tapicería. Los talleres se convierten en su razón de vivir y su colaboración con Aubusson es muy fructífera.