En 1923 Marie Cuttoli conoce al amor de su vida, con quien compartirá 50 años de convivencia feliz y de perfecta complicidad intelectual y artística. Henri Laugier le pide que lo recomiende a su marido para obtener una ayuda material, destinada a un proyecto al que está totalmente entregado: «Les Compagnons de l’université nouvelle», que aboga por una reforma de la enseñanza. Este hombre carismático y refinado, buen orador, trabajador incansable y humanista, médico y fisiólogo, también es un aficionado al arte ilustrado. Para Laugier, de una gran honestidad, el enamorarse de una mujer casada le plantea todo un dilema moral. Se confiesa a Marie con palabras sencillas y sinceras: «Cuando un hombre, que quiere hacer de su vida un esfuerzo permanente hacia la lealtad y la bondad, siente que lo invade, por una mujer leal, buena y accesible, una de esas pasiones que asolan un corazón y un alma y lo dejan como un campo de batalla devastado… ¿Qué debe hacer?» Marie está encandilada. Este científico cultivado comparte sus ideas, sus ideales y sus gustos artísticos. Henri Laugier es la persona con la que «puede intercambiar sus reflexiones sobre el mundo del arte, alguien que la adora y la comprende, que está preocupado por su trabajo, sabe darle consejos y enviarle unas letras de apoyo». No se separarán nunca. Marie no podrá conseguir el divorcio, pues su marido se opone. A partir de ahora, organizará su vida guardando las formas con respecto a Paul Cuttoli, pero sin renunciar nunca a Henri Laugier («sé que en tu corazón está todo lo que yo amo. Eres bueno, grande y generoso, y además tan recto, tan verdadero, ¡tan tú mismo, en definitiva! Te quiero».[1] Por primera vez en su vida, vibra por alguien con quien puede hablar tanto de cosas profundas como de la vida artística. Laugier seguirá una carrera brillante, con un enfoque casi filosófico de las luchas que emprende y una especie de «conciencia desgraciada» de las injusticias del mundo que lo rodea. Juntos reunirán una colección de arte contemporáneo excepcional, que tiene, según Jean Cassou «una fisonomía marcada» por sus personalidades respectivas. Para Henri Laugier, «una obra maestra puede no parecerse a nada; no hacer pensar en nada; no es necesario que cuente, que imite; basta con que sea hermosa, en sí y por sí, y es esta belleza sustancial de la obra lo que la verdadera crítica de arte debería esforzarse por captar y explicar. […] El tiempo de armonía recubre y designa este sistema de correspondencias muy misteriosas entre dimensiones, direcciones, curvas, arabescos, líneas rectas y superficies. Más misteriosa todavía es la relación armoniosa entre valores y colores».[2].