El viaje de Delacroix a Marruecos en 1832: una revelación

            La importancia del viaje a Marruecos de Delacroix en 1832 fue considerable. La toma de Argel en 1830, punto de partida de la fase colonizadora, propició la llegada de numerosos artistas al norte de África. A pesar de la difícil progresión de las tropas francesas durante el mes de junio, el 29 de ese mismo mes comenzó el asedio de la ciudadela que defendía la ciudad. Su capitulación se produjo el 5 de julio con la abdicación del dey y la noticia de su toma se conoció en París el 9 de julio. Eugène Delacroix, que formaba parte de una misión diplomática encabezada por el conde de Mornay, fue recopilando en sus cuadernos sus impresiones en dibujos y notas escritas. El descubrimiento de un mundo tan diferente le proporcionó una rica paleta de colores. La estancia en la «Berbería», que le llevó de Tánger a Mequinez y más tarde a Argel, le aportó numerosas escenas insólitas de las que trató de captar la rareza, la singularidad y la expresión cultural. El artista observaba con mirada sensible los usos y costumbres, los colores y las vestimentas blancas de los marroquíes, todo ello bastante alejado de los cuadros «orientalistas» que había pintado hasta entonces.

            En Argel, durante la visita a una casa, le causaron una gran impresión las mujeres que la habitaban. La maestría de este virtuoso colorista prevalece sobre la prodigalidad de las composiciones. Recientemente restaurada, la pintura ha vuelto a ocupar su lugar en el museo, acompañada de un texto que narra las circunstancias de su creación: «El cuadro sorprendió al público del salón con esta escena sin relato, recuerdo idealizado de una visita a Argel dos años antes. Todo reposa sobre las coloridas combinaciones de telas, joyas y mobiliario, matizadas por diferentes intensidades de luz, que evocan un paraíso moderno y a la vez atemporal». En su búsqueda de una especie de pureza primitiva, que ya había perseguido Diderot en sus escritos estéticos, el orientalismo contribuyó a la elaboración de un nuevo lenguaje pictórico en el que triunfaba el color y el movimiento. En el siglo XIX, el orientalismo hecho de sueños, imágenes y palabras constituyó un inmenso repertorio para la inspiración. El Oriente se convirtió en un motivo ineludible para los artistas. Un movimiento que también encontramos entre escritores, como Alphonse de Lamartine, cuyas obras testimonian el gusto por «ese otro lugar» oriental, fuente de meditación y reflexión filosófica.